Mientras todos corren a aprender herramientas nuevas, las empresas andan buscando gente que sepa tratar con gente
Hace unos años te decían que aprendieras Excel avanzado. Después, que aprendieras a programar. Ahora resulta que una inteligencia artificial hace la tabla y escribe el código en lo que tú te sirves un café.
Entonces, ¿qué te queda a ti?
Te queda lo que siempre fue más difícil y que nunca te enseñaron en la universidad.
El giro que ya se nota
La revista Forbes publicó este año una columna donde se propone dejar de hablar de habilidades blandas y llamarlas power skills, habilidades de poder. El argumento es sencillo: a medida que las máquinas asumen el trabajo rutinario, lo que distingue a una persona de otra es cómo regula sus emociones y cómo se lleva con los demás.
Yo lo veo así. Un reporte lo puede generar un programa. Decirle a un cliente molesto que el pedido no va a llegar y que aun así quiera seguir trabajando contigo, eso lo hace una persona. Notar que el mejor del equipo lleva dos semanas apagado y sentarse a preguntarle qué pasa, también.
Las cuatro situaciones donde se ve quién la tiene
Olvídate de las definiciones. La inteligencia emocional en el trabajo se nota en momentos muy concretos.
Cuando te critican delante de otros. Hay quien se defiende atacando o se hunde y pasa la tarde rumiando. Y hay quien respira, separa lo que hay de cierto en la crítica de la forma en que se la dijeron, y responde a lo primero.
Cuando tienes que dar una mala noticia. El que no maneja su propia incomodidad la pospone o la envuelve tanto que el otro no entiende qué le dijeron. Quien sí la maneja la dice temprano y dando la cara.
Cuando dos de tu equipo no se soportan. Puedes hacerte el loco hasta que explote o puedes sentarlos y facilitar una conversación incómoda. Lo segundo requiere que aguantes la tensión sin tomar partido.
Cuando no sabes algo. Decir “no sé, déjame averiguar” delante de tu jefe pide más seguridad personal que cualquier presentación brillante.
Si lees la lista con honestidad, ya sabes en cuál de las cuatro flaqueas.
La mala noticia y la buena
La mala: esto no se aprende leyendo, tampoco leyendo este artículo. Puedes saberte toda la teoría y seguir explotando en las reuniones. Conozco gente que ha hecho cinco talleres de comunicación asertiva y le sigue hablando golpeado a su asistente.
La buena: se entrena, a cualquier edad, igual que un músculo. Y el entrenamiento ocurre en situaciones reales, con repetición y con alguien que te diga cómo lo hiciste.
Un plan de entrenamiento sencillo
Escoge una sola situación de las cuatro. Durante un mes, ese es tu gimnasio.
Antes de cada situación, decide cómo quieres actuar. Por escrito, en una línea. “Cuando me critiquen en la reunión del lunes, voy a preguntar ‘¿me das un ejemplo?’ antes de responder.”
Después de la situación, revisa. ¿Qué sentí? ¿Dónde lo sentí en el cuerpo? ¿Qué hice? ¿Qué haría distinto? Cinco minutos, no más.
Y pide retroalimentación a alguien que te vea trabajar y que te aprecie lo suficiente para no adularte. “Estoy trabajando en escuchar sin interrumpir. ¿Me avisas cuando lo haga?” Esa frase, dicha a un compañero, vale más que un diplomado.
Para los que mandan
Si diriges un equipo, esto va doble para ti. Tu gente copia cómo manejas la presión y le hace poco caso al cartel de valores de la pared. Si tú explotas, aprenden a esconderte los problemas. Si tú nunca admites un error, ellos tampoco lo harán. El clima emocional de un equipo se parece muchísimo al de quien lo dirige, y eso no se delega en el departamento de recursos humanos.
Lo que te llevas
Aprende a usar las herramientas nuevas, claro que sí. Pero no pongas ahí todas tus fichas. Dentro de cinco años, saber usar la inteligencia artificial va a ser como saber usar el correo electrónico: lo esperado. Lo escaso va a seguir siendo la persona con la que da gusto trabajar en un día malo.
Esa persona se construye. Escoge tu situación y empieza el lunes.
En las redes de Caracas Coaching compartimos situaciones reales de trabajo y cómo abordarlas desde lo emocional. Si esto te resonó, por allá hay más tela que cortar.