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Síndrome del impostor en el trabajo: cómo se supera

Tu jefa dice «esto quedó impecable» y tú piensas «si supieran». El síndrome del impostor no se supera discutiendo con la sensación: se supera revisando las pruebas. Qué es, de dónde sale y cuatro pasos para hoy.

Wladimir Berroterán · 16 de octubre, 2026 · 7 min de lectura
Una mujer con lentes y chaqueta blanca, sentada en su escritorio con un cuaderno, mira hacia un lado con gesto inquieto mientras dos compañeros conversan detrás
En este artículo¿Qué es el síndrome del impostor?Lo que dicen los números¿Cuáles son las causas del síndrome del impostor?Cómo se disfraza en la oficina¿Cómo superar el síndrome del impostor?Cuándo esto no basta
16 de octubre, 2026 · 7 min de lectura
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Sentir que no mereces tu puesto no te hace un fraude: te hace alguien que todavía no ha revisado las pruebas. Aquí está cómo revisarlas.

Reunión de los lunes. Tu jefa levanta la vista del informe y dice, delante de todos: «Esto quedó impecable». Tú sonríes, dices «gracias, fue trabajo de todos» y, de vuelta en tu escritorio, piensas lo de siempre: «Si supieran». Si supieran que lo terminaste a las dos de la mañana sin entender la mitad. Si supieran que el ascenso llegó porque el otro candidato se fue.

Eso tiene nombre, y no es «humildad».

Vamos a decirlo sencillo. El síndrome del impostor es la convicción de que tus logros no te pertenecen: se los regalas a la suerte, al esfuerzo desmedido o a que nadie se ha fijado bien, y vives con el miedo de que alguien lo descubra. Se supera cuando dejas de discutir con la sensación y empiezas a revisar las pruebas, una por una, como lo haría un auditor que no te conoce.

¿Qué es el síndrome del impostor?

Es una forma de llevar las cuentas de tus propios resultados. Haces algo bien y, en lugar de anotarlo a tu nombre, lo explicas por fuera de ti: «tuve suerte», «me ayudaron», «estaba fácil». Cuando algo sale mal, la explicación sí es tuya y completa: «yo no sirvo para esto». Fíjate en la trampa: los aciertos no cuentan y los errores cuentan doble. Con esa contabilidad nadie llega a sentirse merecedor de nada.

Lo describieron por primera vez dos psicólogas, Pauline Clance y Suzanne Imes, en 1978, estudiando a mujeres con carreras brillantes que se sentían un fraude. No es una enfermedad: no aparece en el manual de diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría. Es un patrón, y los patrones se cambian.

Si eres coach, ya hablé de la versión que nos toca a nosotros; este artículo es para cualquiera que trabaje.

Lo que dicen los números

Esto no es una impresión mía. En 2020, un grupo de investigadores revisó todo lo publicado sobre el tema: 62 estudios con 14.161 personas. La proporción de gente que lo sentía varió, según el estudio, entre el 9 % y el 82 %. Ese rango es enorme, y eso también es un dato: depende de a quién le preguntes, y en algunos grupos lo siente casi todo el mundo. La misma revisión encontró que suele venir acompañado de ansiedad y depresión, y que ningún estudio publicado había probado un tratamiento. Nadie te va a dar una pastilla para esto.

¿Cuáles son las causas del síndrome del impostor?

Casi siempre se juntan tres.

La primera es la vara. Creciste midiendo tu valor con lo que lograbas: la nota, el diploma, el cargo. Si el valor depende del resultado, cada resultado nuevo es un examen, y nunca terminas de aprobar la materia.

La segunda es el salto. El impostor aparece en los cambios: el ascenso, el primer trabajo, ser la única persona de tu edad, de tu género o con tu acento en la sala. Eres nuevo en algo y confundes «esto no lo sé todavía» con «yo no debería estar aquí». A quien acaba de ascender le pagan por aprender rápido, no por saberlo todo el primer mes.

La tercera es el secreto. El impostor vive de no decirse. Como crees que eres el único que se siente así, no lo cuentas; como no lo cuentas, nunca descubres que la persona de al lado piensa lo mismo de sí misma. Y si eres jefe, encima tienes que parecer que lo sabes todo; de eso ya hablamos en la soledad del líder.

Cómo se disfraza en la oficina

El impostor casi nunca se presenta diciendo «me siento un fraude». Llega vestido de otras cosas.

  • Trabajar de más. Te quedas hasta tarde para pagar una deuda que solo existe en tu cabeza. Mucha de la gente que cumple con todo y por dentro está en el piso está pagando esa deuda.
  • Perfeccionismo. No entregas hasta que esté perfecto, porque un error sería la prueba que todos esperan. Es la cara más respetable del autosabotaje.
  • Rechazar el elogio. «No fue nada», «fue el equipo». Cada vez que lo dices le das la razón al impostor y le quitas al otro el derecho de reconocerte.

¿Cómo superar el síndrome del impostor?

Te lo digo porque quizás nadie te lo ha dicho: no se supera convenciéndote de que eres bueno. Las frases frente al espejo no funcionan, porque el impostor también sabe discutir. Se supera cambiando lo que haces con la sensación. Cuatro cosas, en este orden.

Nómbralo cuando aparezca. «Esto es el impostor hablando.» Ponerle nombre no lo elimina, pero lo saca del asiento del conductor. Ya lo conté cuando hablamos de cómo ponerle nombre a lo que te pasa por dentro: una emoción con nombre se puede mirar; una sin nombre te maneja.

Revisa las pruebas como un auditor. Agarra una hoja. A la izquierda, los últimos seis meses: qué entregaste, qué decidiste, qué resolviste. A la derecha, una pregunta por línea: «¿esto se explica solo con suerte?». El impostor no sobrevive a una lista escrita, porque él trabaja con impresiones y tú acabas de ponerle hechos.

Díselo a una persona. Una sola, de confianza, que te conozca en el trabajo. «A veces siento que me van a descubrir.» Lo más probable es que te mire raro y luego te cuente que a ella le pasa igual. Ahí se rompe el secreto, y el impostor sin secreto se queda sin oxígeno.

Acepta el elogio con una palabra. «Gracias.» Punto. Sin «pero», sin «fue el equipo». Te va a costar las primeras diez veces. A la undécima, el mundo sigue en su sitio.

Hace unos días conté en LinkedIn, a propósito de otro miedo, el de un coach a elegir su especialidad: si de alguna forma sientes inclinación por ese trabajo es porque algo debes poder aportar. Entonces, ¿qué te lo impide? Todo esto es inteligencia emocional aplicada: reconocer lo que sientes, entender de dónde viene y decidir qué hacer con eso en vez de obedecerlo.

Cuándo esto no basta

Seamos honestos: hay un punto donde esto deja de ser una forma de pensar y se convierte en otra cosa. Si llevas semanas durmiendo mal por el trabajo, si la angustia no baja ni el fin de semana, si dejaste de disfrutar lo que antes te gustaba, eso ya no se resuelve con una lista. Ahí lo que toca es un profesional de salud mental. Si en algún momento aparecen pensamientos de hacerte daño, busca ayuda ese mismo día.

Ahora, una pregunta para hoy. Piensa en lo último que te salió bien en el trabajo. ¿A quién se lo atribuiste en voz alta? Si la respuesta es «a cualquiera menos a mí», empieza la lista esta misma tarde.

En las redes de Caracas Coaching conversamos seguido sobre estas cosas que uno siente en la oficina y no dice. Si hoy te viste en el espejo de este artículo, por allá hay más.

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Wladimir Berroterán
Wladimir BerroteránCoach profesional · Director de Caracas Coaching

Coach profesional y director de Caracas Coaching, la academia que lleva más de 20 años formando coaches en Venezuela y Latinoamérica con aval internacional AICM. Acompaño a personas y equipos a entender lo que sienten, decidir con claridad y sostener lo que se proponen. Escribo aquí como hablo en sesión: sin humo y con herramientas que puedes usar hoy.

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