El síndrome del impostor del coach, explicado por alguien que también lo ha sentido
Faltan diez minutos para la sesión. Tu cliente es una gerente con veinte años de carrera que gana cinco veces lo que tú. Y a ti te asalta la voz: “¿Qué le vas a aportar tú? Si ayer peleaste con tu pareja y tienes tres meses atrasado con el gimnasio. Te va a descubrir”.
Casi todos los coaches conocen esa voz. Los que dicen que no, o están empezando o no se están escuchando.
De dónde sale
Sale de una idea equivocada sobre el oficio. Crees que el coach es alguien que tiene la vida en orden y desde ahí orienta a los demás. Con esa vara, claro que no das la talla. Nadie la da.
Tu cliente no te contrata para copiarte la vida. Te contrata porque necesita un espacio donde pensar mejor de lo que piensa solo. Tu trabajo consiste en escuchar lo que él no se está escuchando y sostenerle el espejo aunque no le guste la imagen. Para eso no hace falta que sepas más que él de gerencia. Hace falta que sepas de conversaciones.
Un entrenador de natación no tiene que nadar más rápido que su atleta. Tiene que ver desde afuera lo que el atleta no puede ver desde el agua.
Cuando la voz tiene algo de razón
Ahora, amor rudo. A veces la inseguridad te está avisando de algo cierto y conviene distinguirlo.
Si dudas porque te faltan horas de práctica, la solución son más horas de práctica, con supervisión. Si dudas porque el tema del cliente se parece demasiado a un tema tuyo sin resolver, eso hay que trabajarlo en tu propio proceso, porque te va a nublar la escucha. Y si dudas porque lo que trae el cliente se sale del coaching y entra en terreno clínico, tu inseguridad está haciendo bien su trabajo y te toca referir.
La pregunta útil es: ¿esta duda me habla de mi valor como persona o me señala algo concreto que puedo atender? En el primer caso es ruido. En el segundo es información.
Lo que el impostor te hace hacer en sesión
Aquí está el daño real. Un coach inseguro empieza a trabajar para demostrar que sirve. Habla de más. Da consejos que nadie le pidió. Mete herramientas una tras otra para que la sesión “valga la pena”. Se apura a que el cliente tenga una revelación antes de que termine la hora.
Todo eso pone el foco en ti. Y el cliente lo siente, aunque no sepa explicarlo. Las mejores sesiones suelen ser aquellas donde hablaste poco y te olvidaste de cómo estabas quedando.
Cuatro cosas que ayudan
Lleva un registro de evidencias. Un cuaderno donde anotes, después de cada sesión, algo concreto que ocurrió: una decisión que el cliente tomó, una frase que dijo, un cambio que reportó. La voz del impostor trabaja con impresiones vagas. Se debilita frente a datos.
Ten tu propio coach. Un coach sin proceso propio es como un odontólogo que no va al odontólogo. Aparte de coherencia, te da la experiencia de estar en la otra silla, y eso afina tu trabajo como pocas cosas.
Busca supervisión. Llevar tus casos difíciles ante alguien con más recorrido te quita el peso de tener que saberlo todo tú solo.
Y antes de cada sesión, cambia la pregunta. En vez de “¿lo voy a hacer bien?”, pregúntate “¿qué necesita hoy esta persona de mí?”. La primera te mete en tu cabeza. La segunda te saca de ahí.
Una confesión de colega
Con los años la voz no se va del todo. Aparece con el cliente nuevo que impone, con el grupo grande, con el reto que nunca habías enfrentado. Lo que cambia es que dejas de obedecerla. La oyes, le das las gracias por el aviso y entras a la sesión igual.
Para acompañar te basta con una vida atendida, aunque le falte mucho para estar resuelta. Si te ocupas de lo tuyo con la misma seriedad con la que acompañas lo de otros, tienes con qué sentarte en esa silla.
En las redes de Caracas Coaching hablamos sin maquillaje de lo que se vive del lado del coach. Si esta voz te visita, vas a sentirte en casa por allá.