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¿Coaching ontológico, con PNL o ejecutivo? El coaching se enseña sin apellidos

El coaching no tiene apellido. Lo que cambia entre un coach y otro se llama competencia, y esa competencia se ve en la sesión, no en el diploma.

Wladimir Berroterán · 1 de octubre, 2026 · 22 min de lectura
Dos mujeres conversan frente a frente en una mesa; una habla y la otra la escucha con atención
En este artículoEscuela y categoría son cosas distintas, y el mercado las revuelve¿Qué es el coaching ontológico y de dónde salieron los apellidos?Lo que dice la evidenciaEl apellido le sirve al coach y no al clienteEl único apellido que importa se llama competenciaLas objeciones que me hacen y lo que respondoLo que deberías preguntar antes de matricularte en cualquier escuelaLa responsabilidad de enseñar coaching sin apellidosFuentes consultadas
1 de octubre, 2026 · 22 min de lectura
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Coaching, punto

Llevo años escuchando la misma pregunta de gente que quiere formarse como coach: ¿qué coaching es el bueno? Me la hacen con la cara de quien ya pasó tres tardes leyendo páginas de escuelas y salió con más miedo que claridad. Coaching ontológico, coaching con PNL, coaching ejecutivo, coaching integral, coaching sistémico, coaching de vida, coaching deportivo, coaching transpersonal, coaching cuántico. Cada uno con su promesa y cada uno con su descalificación velada de los demás.

Mi respuesta no ha cambiado desde que me formé: el coaching no tiene apellido. El coaching es coaching, punto. Lo que cambia entre un coach y otro se llama competencia (Capacidad), y esa competencia se ve en la sesión, en cómo escucha, en qué pregunta, en cómo acuerda el objetivo, en si se aguanta las ganas de aconsejar. El apellido se ve en el diploma y en la firma del correo. Al cliente le importa lo primero. Lo segundo le da igual, y con razón.

Este post es mi posición completa sobre el tema. Asumo con responsabilidad cada palabra y la escribo con respeto por todas las corrientes, porque he aprendido de varias y porque conozco coaches extraordinarios formados en cada una de ellas. Lo que no respeto es el marketing que vende una corriente como infalible y deja al estudiante pagando la confusión.

Vamos por partes, porque el meollo tiene varias capas: qué es una escuela y qué es una categoría, de dónde salieron los apellidos, qué dice la evidencia sobre lo que hace funcionar un proceso de coaching, por qué el apellido le sirve al coach y no al cliente, y qué debería preguntar cualquiera antes de matricularse.

Escuela y categoría son cosas distintas, y el mercado las revuelve

En español la palabra escuela ya viene con trampa. Escuela es la empresa que te vende el curso y escuela es también la corriente de pensamiento que ese curso dice representar. Cuando alguien dice «estudié en una escuela de coaching ontológico» está diciendo dos cosas a la vez, y el prospecto rara vez sabe cuál de las dos está comprando.

A esa confusión se le suma otra peor: mezclar corrientes con categorías. Elaine Cox, Tatiana Bachkirova y David Clutterbuck, editores del Complete Handbook of Coaching (SAGE), ordenan el campo con una distinción sencilla que debería enseñarse el primer día de cualquier formación. Por un lado están las tradiciones teóricas, las lentes desde las que el coach entiende el cambio humano: cognitivo conductual, gestalt, existencial, psicodinámica, narrativa, ontológica, centrada en la persona, de psicología positiva, PNL. Por otro lado están los géneros, que nombran el propósito del proceso (coaching de desempeño, coaching de desarrollo), y los contextos, que nombran dónde o con quién se hace (ejecutivo, de vida, de carrera, de equipos, de salud y bienestar).

Con esa distinción en la mano, el catálogo de apellidos se desarma solo. Coaching ejecutivo no compite con coaching ontológico, porque uno responde a la pregunta «con quién» y el otro a la pregunta «desde qué teoría». Un coach ontológico puede hacer coaching ejecutivo. Un coach cognitivo conductual puede hacer coaching de equipos. Un coach formado en gestalt puede acompañar a un gerente o a un maratonista. Cuando una escuela te presenta «coaching ejecutivo» y «coaching ontológico» como dos opciones excluyentes en el mismo menú, te está vendiendo peras y tornillos en la misma bolsa.

El estudiante que no recibe esta distinción termina creyendo que tiene que elegir bando. Y el coach que tampoco la recibió termina presentándose con una etiqueta que él mismo no sabe explicar. Yo lo he visto: coaches con años de práctica que no distinguen si su apellido describe una teoría, un tipo de cliente o el nombre comercial de la empresa donde estudiaron.

¿Qué es el coaching ontológico y de dónde salieron los apellidos?

Los apellidos tienen historia y casi toda es reciente. El coaching moderno arranca con Timothy Gallwey y The Inner Game of Tennis en 1974: la idea de que el rendimiento mejora cuando la persona deja de interferirse a sí misma. John Whitmore llevó ese enfoque a las empresas y en 1992 publicó Coaching for Performance con el modelo GROW. Ese mismo 1992, Laura Whitworth y Henry y Karen Kimsey-House fundaron el Coaches Training Institute y con él el modelo co-activo. Dos años antes, en 1990, en California, Rafael Echeverría y Julio Olalla habían fundado The Newfield Group, después de trabajar con Fernando Flores, y en 1994 Echeverría publicó Ontología del lenguaje, el libro que le da nombre al coaching ontológico. La International Coach Federation nace en 1995.

Fíjate en las fechas. Todo esto ocurre en una ventana de unos veinte años. Los fundadores de cada corriente se conocían, se leían y en varios casos habían trabajado juntos. Los apellidos no nacieron como ramas de un tronco que se separaron por diferencias de fondo en el método. Nacieron como nombres de programas de formación que necesitaban distinguirse en un mercado nuevo. El apellido fue, desde el principio, una marca.

Eso no le quita valor a lo que cada uno construyó. Ontología del lenguaje es un libro serio. El modelo co-activo produjo una de las formaciones más grandes del mundo, con más de 150.000 personas entrenadas según el propio instituto. GROW sigue siendo una de las estructuras de sesión más conocidas. Mi punto es otro: cuando una escuela te dice que su apellido es «el verdadero coaching», está convirtiendo una decisión de marketing de los años noventa en una verdad revelada. Y el prospecto se lo cree porque nadie le contó la historia.

En América Latina el fenómeno tiene su propia forma. El coaching ontológico llegó temprano y con fuerza, con certificaciones de Newfield en más de diez países de habla hispana, Venezuela incluida. Por eso acá muchos creen que «coaching» y «coaching ontológico» son sinónimos, y por eso muchos otros creen que todo lo que no es ontológico es coaching de segunda. Las dos creencias son falsas y las dos las alimenta el mismo mecanismo: escuelas que confunden su marca con la disciplina.

Lo que dice la evidencia

Aquí le bajo dos al debate de opiniones y me voy a los datos. La pregunta «cuál escuela es mejor» no tiene respuesta en la investigación. La pregunta «qué hace que un proceso de coaching funcione» sí la tiene. Hay investigación, no mucha, pero suficiente para decir algo con responsabilidad.

Tim Theeboom, Bianca Beersma y Annelies van Vianen, de la Universidad de Ámsterdam, publicaron en 2014 un metaanálisis sobre coaching en organizaciones. Encontraron efectos positivos en todos los resultados que midieron, con tamaños de efecto entre 0,43 para afrontamiento y 0,74 para autorregulación orientada a metas. Rebecca Jones, Stephen Woods e Yves Guillaume publicaron otro en 2016 con diecisiete estudios: efecto general de 0,36, y ninguna diferencia según el formato (presencial o mixto con sesiones a distancia) ni según la duración del proceso. Lo que sí movió la aguja fue si el coach era interno o externo a la organización: el efecto fue mayor con coach interno, aunque con pocos estudios.

Ninguno de los dos trabajos compara escuelas. La razón es que los estudios que alimentan estos metaanálisis no describen de forma consistente cómo era el coaching que se aplicó. Jones y su equipo lo dicen sin rodeos: los estudios no describen de forma consistente, por ejemplo, si se fijaron objetivos o qué actividades de aprendizaje se recomendaron, y por eso sigue siendo imposible probar en un metaanálisis qué procesos producen el efecto. Theeboom y su equipo llegan al mismo lugar: la mayor limitación de la literatura es que casi no hay estudios rigurosos que muestren por qué mecanismos funciona el coaching. Piénsalo. Décadas de escuelas proclamándose superiores y no conozco una sola que haya puesto sobre la mesa un estudio comparativo que lo demuestre.

Lo que sí tiene evidencia sólida es la relación. Carolin Graßmann, Franziska Schölmerich y Carsten Schermuly publicaron en 2020 un metaanálisis con 27 muestras y 3.563 procesos de coaching: la calidad de la alianza de trabajo entre coach y cliente correlaciona con todos los resultados deseables (r de 0,41 en promedio) y correlaciona en negativo con los efectos no deseados. Tampoco encontraron diferencias según el tipo de cliente, la experiencia del coach ni el número de sesiones. Erik de Haan y su equipo, con 156 pares coach y cliente en 2013, ya habían llegado a lo mismo: lo que predice el resultado es la alianza tal como la percibe el cliente, la autoeficacia del cliente y la técnica genérica de coaching. El emparejamiento por personalidad no predijo nada. De Haan usó para esto el nombre que la psicoterapia le da desde hace décadas: factores comunes, los ingredientes que no dependen de la técnica, el enfoque ni la filosofía del practicante.

Ese término viene de un debate que la psicoterapia lleva más de cincuenta años. Bruce Wampold y su equipo compararon en 1997 solo terapias «de buena fe» entre sí y encontraron diferencias cercanas a cero. La bibliografía de psicoterapia suele repartir la varianza del resultado así: los factores comunes explican entre 30 y 70 por ciento y las técnicas específicas de cada modelo entre 5 y 15 por ciento. Michael Lambert y Dean Barley, en su resumen de 2001, agrupan lo que influye en el resultado en cuatro áreas: los factores fuera de la terapia, las expectativas, las técnicas específicas y los factores comunes, entre ellos la empatía, la calidez y la relación terapéutica. Ese hallazgo tiene críticos serios, y más adelante los voy a nombrar. Incluso quienes lo discuten señalan algo distinto de lo que dice el modelo clásico: todavía no se sabe si las terapias funcionan por factores comunes, por técnicas específicas o por ambos.

Traducido a nuestro oficio: lo que la evidencia respalda en coaching es la relación, que es lo que las escuelas tienen en común. El apellido está en la parte del pastel que menos explica el resultado.

El apellido le sirve al coach y no al cliente

Voy a decir algo incómodo y lo asumo: en la defensa de los apellidos hay más ego que método.

Hagamos la prueba. Preséntate ante un cliente y dile «soy coach ontológico». Ahora dile «soy coach deontológico». Para el cliente es exactamente lo mismo. Dile «soy coach con PNL», «soy coach sistémico», «soy coach integral». Mismo limbo. El cliente no sabe qué significa, no sabe qué va a pasar en la sesión y no tiene ninguna garantía de nada. Lo que sí entiende es «voy a acompañarte a definir qué quieres, a ver con claridad dónde estás y a decidir qué vas a hacer, y no te voy a decir qué hacer». Eso se entiende. Si el Coaching es el nombre, el coaching no tiene apellido.

Entonces, ¿a quién le sirve el apellido? Al coach. Le sirve para pertenecer a una tribu, para sentirse distinto de los demás y para tener a quién mirar por encima del hombro. Le sirve a la escuela para retener a sus egresados como fuerza de ventas, porque cada egresado que se presenta con el apellido le hace publicidad gratis. Y le sirve a la conversación entre coaches, que es donde el apellido rinde de verdad: en los grupos de WhatsApp, en los congresos, en las redes.

He visto con preocupación cómo un coach construye su identidad profesional sobre la credencial en lugar de sobre la práctica. «Soy coach de tal escuela», dicho con el pecho inflado, y en la sesión el mismo coach interrumpe, aconseja, diagnostica y cierra sin acuerdo. La credencial no lo protege de eso. Al cliente tampoco.

Y aquí va lo que cualquiera con años en esto sabe y pocos dicen en público: hay coaches ontológicos extraordinarios y coaches ontológicos malísimos. Hay coaches co-activos brillantes y coaches co-activos que no deberían cobrar. Hay egresados de las escuelas más prestigiosas que son un lujo y otros que son un peligro. Lo mismo con la escuela americana, con la sistémica, con la que quieras. La calidad no se distribuye por corriente. Se distribuye por coach: por su formación, por su disciplina de práctica, por sus valores y por cuánto ha trabajado sus competencias. Si la corriente fuera la variable, todos los egresados de una misma escuela serían igual de buenos. Cualquiera que haya visto una promoción graduarse sabe que eso no pasa.

El ego tiene otro costo que casi nadie contabiliza: los prospectos. Gente con vocación real que se acerca a este oficio y se topa con un huracán de escuelas descalificándose entre sí. Muchos se van. Otros eligen por miedo o por precio. Otros terminan formados en una tribu antes que en una disciplina. Eso lo pagamos todos, porque cada coach mal formado que sale al mercado le quita credibilidad al que sí sabe hacer su trabajo.

El único apellido que importa se llama competencia

Si el apellido no explica el resultado, ¿qué lo explica? Lo que las federaciones llevan décadas intentando describir: competencias. Y aquí quiero ser preciso, porque las competencias tienen mala fama entre quienes las ven como una lista burocrática para pasar un examen. Son la descripción más honesta que existe de lo que un coach hace cuando hace bien su trabajo.

La ICF define el coaching como una asociación con el cliente en un proceso creativo, que provoca reflexión y que lo inspira a dar lo máximo de sí en lo personal y en lo profesional. Nada en esa definición nombra una teoría. Su modelo de competencias, actualizado en 2019 y de nuevo en septiembre de 2025, tiene ocho competencias en cuatro dominios: bases (práctica ética y mentalidad de coaching), cocreación de la relación (acuerdos, confianza y seguridad, presencia), comunicación efectiva (escucha activa, evocar conciencia) y cultivo del aprendizaje y el crecimiento (facilitar el crecimiento del cliente). La ICF aclara que ninguna competencia pesa más que otra ni hay jerarquía entre ellas.

El dato que más me interesa de la actualización de 2025 es cómo se construyó. La ICF la basó en un análisis del trabajo real de casi tres mil coaches de todo el mundo, miembros y no miembros, de distintas disciplinas, formaciones y estilos. Léelo con calma: cuando la ICF puso a casi tres mil coaches de distintas disciplinas, formaciones y estilos a describir lo que hacen, no salió ninguna competencia principal nueva; se añadieron cinco subcompetencias y se revisaron once. Ninguna escuela inventó las ocho competencias y ninguna es dueña de ellas. Son el terreno común de la profesión, revisado con datos de la práctica.

La misma lógica está en otros cuerpos profesionales. El Global Code of Ethics, creado en 2016 por la Association for Coaching y el EMCC, tiene hoy doce organismos firmantes y fue actualizado en diciembre de 2025. Es un código de ética compartido, sin apellido. La AICM, que acredita en el mundo hispano y bajo la cual está acreditada nuestra academia, evalúa diez competencias y un código ético. Tú puedes preferir una federación u otra por razones válidas. Mira lo que tienen en común: sus estándares describen lo que el coach hace, no la corriente a la que pertenece.

La competencia que más se movió en la actualización de 2025 fue la segunda, la mentalidad de coaching, cuya definición ahora incluye de forma explícita el desarrollo profesional continuo y el trabajo con supervisores o mentor coaches. Eso es lo que yo llamo autocuidado del desempeño: el coach que entiende que su rendimiento depende del mantenimiento de sus competencias. El prestigio del diploma no lo mantiene. Un coach practica, se graba, se deja evaluar, va a supervisión y repite. El que hace eso mejora, sea de la escuela que sea. El que no lo hace se estanca, sea de la escuela que sea.

Por eso digo que el coaching se enseña sin apellidos. Se enseña a escuchar de verdad, a preguntar sin dirigir, a acordar con claridad, a sostener el silencio, a devolverle al cliente su propia responsabilidad, a distinguir cuándo lo que tienes enfrente no es materia de coaching y hay que derivar. Eso es lo que se entrena. Lo demás es cultura general del oficio, y conviene tenerla, pero no produce el resultado.

Las objeciones que me hacen y lo que respondo

Llevo años teniendo este debate, así que ya conozco las objeciones. Las pongo aquí completas porque un argumento que no resiste sus objeciones no vale nada.

«El apellido aporta base filosófica. Sin ontología del lenguaje, sin gestalt, sin sistémica, el coaching queda en técnica hueca.» Estoy de acuerdo con la primera parte. Un coach necesita una teoría del cambio humano, y mientras más sólida mejor. Mi diferencia está en dónde vive esa teoría. Vive en la cabeza del coach, como lente para entender lo que pasa en la sesión. No vive en la definición del servicio ni en la etiqueta que le pones al cliente. El apellido pertenece al coach. El coaching no lo necesita. Un coach puede leer a Echeverría, a Perls y a Bateson y presentarse simplemente como coach. De hecho, mientras más ha leído, menos necesita el apellido.

«Las competencias son genéricas. Cualquiera las cumple en el papel.» En el papel sí. En una sesión evaluada, no. Las competencias de la ICF se evalúan sobre sesiones reales, grabadas y revisadas por un asesor entrenado, con marcadores observables, y ahí se nota la diferencia entre quien sabe hacerlo y quien cree que sabe. La AICM publica un modelo de evaluación con conductas observables que aplican sus centros certificados. En Caracas Coaching, todo ese proceso evaluativo está dentro de nuestro pensum y de nuestra evaluación y validación de competencias. Si algo tienen de genérico es que salieron del trabajo de miles de coaches de todas las escuelas. Eso las hace comunes, y lo común es justo lo que la evidencia respalda.

«El veredicto del pájaro Dodo está discutido. No todas las terapias son iguales.» Cierto, y lo digo con las cartas sobre la mesa. Pim Cuijpers y su equipo han señalado que hay explicaciones alternativas para que las terapias den resultados comparables, no solo los factores comunes, y un trabajo de 2019 en la revista New Ideas in Psychology mostró que factores comunes y específicos están correlacionados, así que separarlos con porcentajes limpios es estadísticamente cuestionable. Acepto la crítica. Lo que la crítica no hace es rescatar a las escuelas de coaching, porque no conozco ninguna que haya producido el estudio comparativo que la crítica exigiría. En psicoterapia, quien defiende que una técnica específica es superior tiene ensayos clínicos que mostrar. En coaching, quien defiende que su apellido es superior tiene folletos.

«Tú también tienes un método propio. ¿No es eso un apellido?» Es la objeción que más me gusta porque me toca directo. Sí, trabajo con un método propio y lo enseño. La diferencia está en qué le vendo al cliente y en qué evalúo en mis estudiantes. Al cliente le vendo coaching. Al estudiante le exijo competencias de coaching antes que cualquier método, el mío incluido. Mi método es mi forma de organizar el trabajo, montada sobre un piso de competencias que no depende de él y que cualquier coach de cualquier escuela puede reconocer. El día que yo diga que el coaching que no se hace con mi método no funciona, léeme este post en la cara.

«Si todo es lo mismo, ¿para qué elegir escuela?» Nunca dije que todo sea lo mismo. Dije que el resultado depende del coach. El apellido no lo predice. Elegir escuela sigue siendo una decisión importante, pero por otras razones: quién te forma, cuánta práctica supervisada tienes, cómo te evalúan, qué código ético firmas y si te enseñan a distinguir el coaching de lo que no lo es. En la sección siguiente te digo cómo mirar eso.

Lo que deberías preguntar antes de matricularte en cualquier escuela

Si estás evaluando dónde formarte, estas son las preguntas que yo haría. Ninguna pregunta por el apellido.

  1. ¿Contra qué modelo de competencias me van a evaluar y de quién es ese modelo? Si la respuesta es «el nuestro» y nadie fuera de la escuela lo reconoce, cuidado.
  2. ¿Cuántas horas del programa son práctica real de coaching, con cliente, observada y con retroalimentación? Un programa que es 80 por ciento teoría de su corriente te está formando como discípulo.
  3. ¿Me van a evaluar sobre sesiones grabadas? ¿Quién evalúa y con qué formación?
  4. ¿Incluye mentor coaching o supervisión? ¿Cuántas horas?
  5. ¿Qué código de ética voy a firmar y qué pasa si lo incumplo?
  6. ¿Me enseñan qué no es coaching y cuándo derivar a un psicólogo o a un psiquiatra?
  7. ¿Qué acreditación externa tiene el programa (ICF, EMCC, AC, AICM u otra) y qué me da esa acreditación a mí como egresado?
  8. ¿Qué dicen de las otras corrientes? Si la respuesta es descalificar, ya tienes un dato sobre la cultura que vas a absorber.
  9. ¿Puedo hablar con egresados que hoy vivan del coaching? Con tres o cuatro basta para saber si el programa produce coaches o produce fans.

Mira el patrón: todas las preguntas apuntan a lo que vas a saber hacer al salir. Ninguna apunta a la bandera. Una escuela seria responde estas preguntas con gusto. Una escuela de marketing te va a hablar de su fundador, de su filosofía y de por qué las demás no entienden el verdadero coaching.

Y una última cosa, dicha con amor rudo: si eliges escuela por el apellido, no te hagas bolas, elegiste por marketing. Puede salirte bien, porque hay escuelas con apellido que forman excelentes coaches. Pero elegiste con el criterio equivocado, y eso conviene saberlo.

La responsabilidad de enseñar coaching sin apellidos

El coaching es hoy una profesión de 122.974 practicantes en el mundo, según el estudio global de la ICF de 2025 hecho con PwC, y mueve 5.340 millones de dólares al año. El número de coaches creció más de 10 por ciento desde 2023. Con ese tamaño, la confusión ya dejó de ser un problema de conversación entre coaches. Es un problema de protección al consumidor, y el consumidor tiene dos caras: el cliente que contrata un proceso y el estudiante que paga una formación.

Quienes formamos coaches tenemos una responsabilidad que va más allá de nuestra escuela: entregarle al mercado gente que sepa hacer coaching, con las competencias verificadas y un código ético asumido, y que pueda presentarse ante cualquier cliente con una sola palabra que el cliente entienda. Coach. Punto.

Por eso en Caracas Coaching enseñamos coaching sin apellidos. Enseñamos competencias, enseñamos ética, enseñamos a practicar con disciplina y a dejarse evaluar, y mostramos las corrientes como lo que son: lentes valiosas que cada coach puede adoptar según su forma de entender al ser humano. Nuestros estudiantes salen sabiendo qué es el coaching ontológico, el co-activo, el cognitivo conductual y el sistémico. Ninguno sale creyendo que su apellido lo hace mejor coach.

Lo dije al principio y lo repito con la misma responsabilidad: respeto todas las corrientes y he aprendido de varias. Lo que no voy a hacer es participar del juego de venderle a un prospecto la idea de que existe un coaching infalible, porque no existe. Existen coaches competentes y coaches que no lo son, y la corriente no te dice cuál tienes enfrente. La sesión sí.

El coaching se enseña sin apellidos. El coaching es coaching, punto.

Fuentes consultadas

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Wladimir Berroterán
Wladimir BerroteránCoach profesional · Director de Caracas Coaching

Coach profesional y director de Caracas Coaching, la academia que lleva más de 20 años formando coaches en Venezuela y Latinoamérica con aval internacional AICM. Acompaño a personas y equipos a entender lo que sienten, decidir con claridad y sostener lo que se proponen. Escribo aquí como hablo en sesión: sin humo y con herramientas que puedes usar hoy.

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