Quién cuida al que acompaña, y por qué atenderte a ti es parte de tu responsabilidad profesional
Terminas la quinta sesión del día. Tu pareja te pregunta desde la cocina cómo te fue y te cuenta algo de su trabajo. Tú la oyes como quien oye llover. No te queda ni una gota de atención. Cenas viendo el teléfono y te acuestas con las historias de tus clientes dando vueltas.
Y al día siguiente te sientas frente a alguien a hablarle de equilibrio.
Colega, hay que conversar.
El desgaste propio de quien acompaña
Escuchar de verdad cansa. Cansa distinto a cargar cajas, pero cansa. Pasas horas conteniendo tus opiniones, sosteniendo emociones ajenas, atento a cada palabra. Eso consume energía, aunque hayas estado sentado todo el día.
A eso se suma la parte empresarial. Si trabajas por tu cuenta eres coach, vendedor, administrador, creador de contenido y cobrador. Y se suma la soledad del oficio: por confidencialidad no puedes llegar a tu casa a contar lo que oíste.
Lo traicionero es que al coach le da vergüenza admitirlo. “Se supone que yo tengo herramientas.” Entonces disimula, y el disimulo lo cansa más.
Señales de que vas por mal camino
Revisa con honestidad. Sientes fastidio cuando ves ciertos nombres en la agenda. Te sorprendes pensando en otra cosa en plena sesión. Empiezas a dar consejos rápidos porque no tienes paciencia para el proceso. Todos los clientes te parecen iguales. Te alegras cuando alguien cancela. Llevas meses sin leer ni formarte en nada porque no te da la cabeza. Tus propios temas personales están abandonados.
Una o dos de estas en una semana pesada, normal. Varias y sostenidas, atención. Porque aquí hay un asunto ético: un coach quemado presta un mal servicio, aunque cobre lo mismo.
Tu sistema de cuidado
A tus clientes les pides estructura. Ármate la tuya.
Pon topes. Decide cuántas sesiones al día y a la semana puedes dar bien, y respeta ese número aunque haya demanda. Deja al menos quince minutos entre sesiones para cerrar una historia antes de abrir otra. Párate y toma agua.
Crea un ritual de cierre. Al terminar la jornada, haz algo que le diga a tu cabeza que ya se acabó. Cambiarte de ropa o salir a caminar. Las historias de tus clientes se quedan en el consultorio, aunque el consultorio sea una esquina de tu sala.
Ten supervisión. Un espacio con un colega de más experiencia donde llevas tus casos difíciles y también tu cansancio. Descarga peso y mejora tu trabajo al mismo tiempo.
Ten tu propio proceso. Coaching, terapia, lo que necesites según el momento. Pedirle a otros que se miren mientras tú te esquivas tiene un nombre, y no es bonito.
Busca tu tribu. Un grupo pequeño de colegas con quienes puedas hablar sin careta. Donde puedas decir “esta semana lo hice mal” sin que nadie se escandalice.
Y ten una vida fuera del coaching. Amigos que no sepan qué es una pregunta poderosa. Un pasatiempo donde seas principiante. Espacios donde no tengas que escuchar a nadie con atención profesional. Si toda tu vida gira alrededor de acompañar, vas a terminar sin tener desde dónde acompañar.
Revisa tu modelo
A veces el cansancio viene de cómo armaste el negocio. Tarifas tan bajas que te obligan a atender demasiado. Clientes que aceptas por necesidad aunque no sean para ti. Disponibilidad total por mensajes a cualquier hora. Si ese es tu caso, el descanso ayuda por un rato y el problema sigue ahí. Toca rediseñar: subir precios y poner horarios de respuesta.
El permiso
Te lo digo porque quizás nadie te lo ha dicho. Tienes permiso para tener un mal día. Para no tener ganas. Para tomarte dos semanas sin clientes. Para referir a alguien que te drena. Para cerrar la agenda los viernes.
Tu herramienta de trabajo eres tú. Un carpintero cuida sus sierras. Tú cuidas tu atención y tus ganas de escuchar.
Revisa tu agenda de la semana que viene. ¿Dónde estás tú en ella? Si no apareces, empieza por ahí.
En Caracas Coaching creemos que al coach también hay que cuidarlo, y en nuestras redes esa conversación está siempre abierta. Si necesitas tribu, por allá hay una.