Te la dijeron de niño para calmarte y hoy te la repites tú solo cada vez que algo te duele
Te caíste de la bicicleta a los seis años, llegaste llorando y un adulto que te quería te sacudió la ropa y te dijo: “Ya, ya, no pasa nada”.
Pasaba algo. Te dolía la rodilla y estabas asustado. Pero aprendiste la lección: lo que sientes se despacha rápido y se sigue adelante.
Treinta años después te despiden o tu pareja te dice algo que te parte. Alguien te pregunta cómo estás y respondes en automático: “Bien, no pasa nada”.
Una frase dicha con amor
Quien te la dijo no quería hacerte daño. Quería que dejaras de sufrir, y de paso calmar su propia angustia de verte llorar. En nuestra cultura hay un repertorio completo de estas frases: “los hombres no lloran”, “hay gente que está peor”, “tú eres fuerte”, “échale ganas”.
Todas traen el mismo mensaje por debajo: eso que sientes estorba, guárdalo. Y como eras un niño que necesitaba que lo quisieran, lo guardaste. Te volviste experto.
A dónde va lo que te tragas
Aquí viene la mala noticia. Las emociones que no atiendes no se evaporan. Se quedan haciendo cola.
Algunas salen por el cuerpo. La gastritis que aparece cada diciembre, la espalda que se tranca cuando hay problemas en la casa. Otras salen disfrazadas de otra emoción: llevas semanas con una tristeza que no te permites y un día le gritas al motorizado que se te atravesó. La rabia era el único canal abierto.
Y otras salen como distancia. La gente que se traga todo termina siendo difícil de conocer. Tu pareja te reclama que no sabe qué te pasa, y es verdad, porque tú tampoco lo sabes. Llevas tanto tiempo diciendo “no pasa nada” que ya no distingues cuándo pasa.
La confusión entre ser fuerte y estar anestesiado
Mucha gente que llega a un proceso de coaching se presenta así: “Yo soy una persona fuerte, a mí las cosas no me afectan”. Cuando uno escarba un poquito, lo que aparece es alguien que se entrenó para no sentir. Eso funciona en una emergencia. Como forma de vida tiene un problema: la anestesia no escoge. Si te duermes la tristeza, se te duerme la alegría también. Por eso hay tanta gente que dice “no estoy mal, pero tampoco siento gran cosa por nada”.
Fuerte es quien puede sentir algo desagradable y seguir funcionando. Para eso primero hay que dejarlo entrar.
Cómo se empieza a desaprender
Sin dramatismo y sin irte al otro extremo. No te estoy pidiendo que llores en la oficina ni que le cuentes tus penas al vigilante.
Empieza por cazar la frase. Esta semana, cada vez que te escuches decir “no pasa nada” o “equis, ya fue”, detente un segundo y pregúntate: ¿de verdad no pasa nada? Solo eso. No tienes que hacer nada con la respuesta todavía.
Después, cámbiala por una frase verdadera aunque sea chiquita. “Eso me dolió un poco.” “Estoy preocupado y no sé bien por qué.” Dila para ti o dísela a alguien de confianza. Vas a notar que nombrar lo que sientes no te derrumba. Al contrario, te baja la presión, como cuando abres un poquito la olla.
Y fíjate en lo que haces cuando otro siente. Si tu hijo llora y lo primero que te sale es “no pasa nada”, prueba con “te dolió, ¿verdad? Aquí estoy”. Con eso le enseñas que lo que siente tiene nombre y que se puede decir en voz alta.
Sí pasa
Eso que te pasó la semana pasada y que despachaste con un chiste, sí pasó. Lo que sientes importa, aunque no sea grave y aunque otros estén peor.
Hoy, cuando alguien te pregunte cómo estás, prueba a contestar la verdad una sola vez. A ver qué pasa.
Este tema es de los que más nos mueven en Caracas Coaching y lo tratamos seguido en nuestras redes. Si la frase te sonó conocida, por allá hay más conversación esperándote.