Entras a distraerte cinco minutos y sales sintiendo que tu vida se quedó corta
Domingo en la noche. Abres la aplicación “un momentico”. Tu compañera de la universidad está en Grecia. Tu primo abrió su segundo local. Una conocida corrió un maratón y luce abdominales a los cuarenta y cinco. Cierras el teléfono y tu apartamento te parece más pequeño y tu trabajo más gris que hace diez minutos.
Nada cambió en tu vida en esos diez minutos. Cambió la vara con la que la mediste.
Compararte viene de fábrica
Todos lo hacemos. Durante miles de años saber cómo estabas respecto a tu grupo te ayudaba a sobrevivir. La diferencia es que antes te comparabas con las treinta personas de tu aldea y las veías completas, en sus días buenos y en sus días malos. Hoy te comparas con miles de personas, y de cada una ves solo su mejor minuto del mes, con filtro.
Un informe de la plataforma de psicología Unobravo en España encontró que más de un tercio de los jóvenes adultos siente presión por mostrar en redes una versión perfecta de sí mismos. Piensa lo que eso significa: estás comparando tu vida real con la versión editada de gente que también se siente presionada a fingir. Es una competencia donde todos pierden.
Lo que sientes tiene nombre
Vamos a nombrarlo sin pena, porque esto se habla poco. Eso que sientes cuando ves el éxito del otro y se te revuelve algo, es envidia. Todos la sentimos. Lo que pasa es que nos enseñaron que es un pecado feo y entonces la escondemos, hasta de nosotros mismos.
La envidia es una emoción con mala fama y buena información. Te señala algo que quieres y que no te has dado permiso de querer. Fíjate que no envidias todo. Te da igual que alguien se compre un yate si los barcos no te interesan. Pero te pica que tu amiga publicó su libro. Ahí hay un dato sobre ti.
Convierte la envidia en brújula
La próxima vez que una publicación te revuelva, antes de seguir deslizando el dedo, detente y hazte estas preguntas.
¿Qué es exactamente lo que quiero de eso? Afina. Quizás de la foto en Grecia no te interesa Grecia, te interesa la libertad de tomarte dos semanas. Del maratón quizás quieres la disciplina y te dan igual los abdominales.
¿Estoy dispuesto a pagar lo que cuesta? Detrás del segundo local de tu primo hay años sin fines de semana. Si miras el precio completo y no lo quieres pagar, la envidia se desinfla sola. Y si lo quieres pagar, ya tienes una meta.
¿Cuál sería mi primer paso, a mi escala? Deja quieta la vida del otro. Un paso tuyo, esta semana.
Usada así, la envidia deja de amargarte y empieza a orientarte.
Higiene básica de pantalla
Haz limpieza. Revisa las cuentas que sigues y pregúntate con cada una: ¿cómo me siento después de verla? Hay cuentas que te inspiran y cuentas que te dejan chiquito. A las segundas, silencio o fuera. No le debes tu atención a nadie.
Cuida las horas frágiles. Recién despierto y antes de dormir es cuando estás más vulnerable. Si lo primero que haces en el día es ver la vida de cien personas, arrancas midiéndote antes de haber puesto un pie en el piso.
Compárate contigo. La única comparación que sirve es con quien eras hace un año. ¿Te tratas mejor? ¿Resolviste algo que antes te ahogaba? Esa medida sí es justa.
Y publica con honestidad. Si tú también subes solo los mejores minutos, eres parte del problema de alguien más. No hace falta ventilar tus miserias. Un poco de verdad de vez en cuando le hace bien a quien te sigue y te quita a ti el peso de mantener una fachada.
Lo que la pantalla no muestra
Detrás de cada foto perfecta hay una persona con sus deudas y sus noches malas. La pareja sonriente discutió en el carro. La emprendedora exitosa no duerme. Tú lo sabes porque a ti te pasa lo mismo con lo que publicas.
Estabas midiendo tu vida con una regla dañada. Suelta el teléfono y anda a vivir algo, aunque nadie lo vea.
En las redes de Caracas Coaching tratamos de hacer justamente eso: conversar de la vida real, con lo que brilla y con lo que no. Si te provoca ese tipo de contenido, por allá estamos.