Lo que esa costumbre dice de ti y lo que ninguna pantalla te va a dar
Son las dos de la mañana. No puedes dormir, tienes el pecho apretado y a nadie a quien escribirle sin sentir que molestas. Abres el teléfono, entras al chat de inteligencia artificial y le sueltas todo. Te responde al instante, con calma, sin juzgarte. Y te sientes mejor. Un rato.
Si te viste ahí, quédate, que este artículo lo escribí para ti.
No eres un caso raro
Replika, una aplicación de compañía emocional, ya pasó de los 30 millones de usuarios en el mundo. La Asociación Americana de Psicología habla de una epidemia mundial de soledad. Junta los dos datos y entiendes por qué tanta gente le cuenta su vida a una máquina: hay muchas personas solas y hay una herramienta que contesta siempre.
Yo no te voy a regañar por usarla. Te voy a hacer la pregunta que le haría a cualquiera que se siente conmigo: ¿qué estás buscando cuando abres ese chat?
Lo que el chat sí te da
Seamos justos. Escribir lo que sientes ordena la cabeza, y eso pasa igual con un chat que con un cuaderno. Ponerle palabras a un nudo lo afloja. Si a esa hora la alternativa era quedarte dándole vueltas a lo mismo hasta el amanecer, escribir fue mejor idea.
También te da algo que en la vida real cuesta conseguir: cero riesgo. El chat no se cansa de ti, no se ofende, no te cuenta sus problemas de vuelta y no le va con el chisme a nadie.
Y ahí está el meollo.
Lo que te cobra sin que te des cuenta
Una relación sin riesgo es cómoda, y por cómoda no te entrena para nada. Las emociones se aprenden a manejar con gente: con el amigo que te dice «ahí te equivocaste», con la persona que te escucha de verdad y se queda callada porque no sabe qué decir. Eso incomoda, y por incómodo te hace crecer.
El chat casi siempre te da la razón. Lo diseñaron para que te sientas bien y vuelvas. Una persona que te quiere a veces te hace sentir mal porque te dice lo que no querías oír. Si todo tu desahogo pasa por un sitio donde nadie te lleva la contraria, vas a salir de cada conversación aliviado y exactamente igual.
Hay otra factura. Mientras más fácil se te hace hablar con la pantalla, más cuesta arriba se te pone hablar con gente. Llamar a tu hermana empieza a parecerte un esfuerzo enorme. Y la soledad que te llevó al chat termina más grande que cuando empezaste.
Cuatro preguntas antes de abrir la aplicación
- ¿A quién le habrías contado esto hace cinco años? Si te viene un nombre a la cabeza, pregúntate qué pasó con esa persona y si el camino de vuelta de verdad está cerrado o solo te da pena recorrerlo.
- ¿Sales de la conversación con algo que hacer, o solo con menos presión? El alivio sirve, pero el alivio solo no te cambia el martes. Si llevas meses desahogándote sobre el mismo tema y tu vida sigue igual, el desahogo se te volvió una manera cómoda de no moverte.
- ¿Hay algo que le dices al chat y que no le has dicho a nadie de carne y hueso? Eso que escribiste ahí es probablemente la conversación más importante que tienes pendiente. Ya la redactaste. Falta decírsela a quien le toca.
- ¿Lo que te pasa es más grande que un desahogo? Si llevas semanas sin dormir o con ideas que te asustan, suelta el chat y busca a un profesional de salud mental. Eso no lo resuelve una aplicación y tampoco lo resuelve un coach.
Úsalo como borrador
Mi consejo, sin pañitos calientes: usa el chat para ensayar. Escribe ahí lo que quieres decirle a tu jefe o a tu mamá. Ordena las ideas. Después cierra la aplicación y ve a tener la conversación de verdad, con la voz temblando si hace falta.
Una máquina te puede ayudar a entender qué sientes. Sentirte acompañado es otra cosa, y eso solo pasa entre personas.
Esta noche, antes de abrir el chat, escríbele a alguien. Con un «¿estás despierto?» basta. Échale bolas.
De esto conversamos seguido en las redes de Caracas Coaching, con situaciones del día a día y sin lenguaje enredado. Si el tema te tocó, por allá seguimos hablando.
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